La participación activa en la Eucaristía, la meditación bíblica, el rezo frecuente del Rosario, las visitas continuas al Santísimo Sacramento; la lectura espiritual; el rezo de la Liturgia de las Horas; las jaculatorias... son maneras concretas y sencillas de hacer oración.
Sin embargo, debemos recordar que no basta con tener momentos privilegiados de oración. Toda nuestra vida debe ser una plegaria constante, una ofrenda perpetua a Dios. Los actos cotidianos deben estar orientados según el designio divino. El apostolado que nace de un corazón reconciliado, del encuentro vivo con Jesús, ya es oración, pues es expresión de la dinámica de comunión y participación a la cual todos estamos llamados. Viviendo una espiritualidad de la vida cotidiana, nuestra misma acción apostólica se convierte en gesto litúrgico. La oración se prolonga en la evangelización y en las obras de caridad que cada cristiano está llamado a realizar.