Todo ser humano debe estar plenamente convencido del infinito amor de Dios. Si damos una mirada a
Sin lugar a dudas, la figura paternal ha sido desde siempre la forma más sencilla y acertada para describir a Dios, puesto que un padre engendra, genera, fecunda, crea. Así también, el libro del Génesis nos narra bellamente, en sus primeros capítulos, cómo Dios pone orden al caos, generando cielo, mar, tierra, y todo cuanto en ellos se contiene; finalmente, como plenitud de su obra, crea a imagen suya al hombre y la mujer. Como el padre da vida a un nuevo ser, del mismo modo, Dios insufla su soplo que da vida al hombre, el cual descubre la presencia amorosa de su Creador a lo largo de su vida; es por ello que San Juan escribe en su primera carta: “Dios es amor, y quien permanece en el amor, permanece en Dios y Dios en él” (1 Jn 4, 16). Estas palabras expresan que la obra creadora de Dios es una manifestación de su amor, y más tarde nos entrega la prueba más grande de ello: “Tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo único para que vivamos por medio de él” (1 Jn 4, 9).
Ahora bien, es necesario cuestionarnos: ¿Nos ponemos en las manos de Dios al comenzar y al finalizar cada jornada? ¿Confiamos plenamente en él que es nuestro Padre?, ¿le contamos nuestros asuntos, y somos dóciles a su voluntad? ¿Le exigimos milagros y cosas extraordinarias para creer y confiar en él? ¿Acaso no nos es suficiente el milagro de estar vivos?
Con frecuencia caemos en el grave peligro de acostumbrarnos a los grandes detalles que Dios tiene con nosotros cada día, y lo que es peor aún, los desvalorizamos y le exigimos el cumplimiento de nuestros deseos, maniatándolo con nuestros caprichos. Por eso, necesitamos detenernos y pensar por un momento en el infinito amor de Dios, sus cuidados, su misericordia, su perdón, su gracia.
Cada día somos otros hijos pródigos, necesitados del abrazo cariñoso del Padre, que sabe esperar pacientemente a que su hijo regrese para hacer “borrón y cuenta nueva” y regalarle su amor incondicional. Es preciso que nos pongamos en pie hoy mismo, pues ya es hora de volver a
La actitud del Padre nos da confianza para salir a su encuentro; es más, la cruz es señal de que Dios sigue esperando por nosotros, la sed de Jesús en el calvario no es otra cosa que sed de amarnos, sed de entregarnos el amor del Padre que le ha enviado, amor que es más fuerte que la misma muerte. La parábola del hijo pródigo se sigue repitiendo, y lo que la hace más interesante ahora, es que, a pesar de los años, el Padre misericordioso sigue siendo el mismo; por eso, estamos llamados una vez más, a asumir los desafíos del mundo y salir en busca del abrazo de Aquel, que desde el principio nos ha amado y que nos promete otra vida para seguir amándonos por toda la eternidad.
Ayudas y recursos para presentar el mensaje:
Ø Leer la parábola de Lc. 15, 11 – 31.
Ø Meditación: ¿Cuál fue la primera actitud del hijo menor? ¿Qué impresión te deja el hijo mayor? ¿Qué opinas de la actitud del padre? ¿Qué relación encuentras entre la parábola y tu experiencia personal?
Ø Compromiso personal: ¿Qué espera Dios de mí?
Ø Dibuja un corazón, escribe tu nombre en el centro, y muy cerca de tu nombre estas palabras: “DIOS ES MI PADRE Y ME AMA”. Finalmente, grábalas en lo más íntimo de tu propio corazón.
Carlos Andrés Escarria Morales
Seminarista

