En el anuncio anterior meditábamos acerca del amor misericordioso de Dios nuestro Padre, ahora les invito para que reflexionemos sobre la realidad del pecado.

El hombre es, sin lugar a dudas, la plenitud de la obra creadora de Dios, y dentro de ese plan divino están la felicidad y la vida eterna. Pero, precisamente, es el mismo hombre quien se encarga de estropear dicho propósito. El autor sagrado nos presenta detalladamente, en el libro del Génesis, cómo el hombre y la mujer se dejan seducir y engañar.

Ya Dios les había hecho la advertencia: “De cualquier árbol del jardín pueden comer, más del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerán, porque el día que coman de él morirán sin remedio” (Gn 2, 16–17). Sin embargo, la serpiente, que es presentada en este pasaje de la Sagrada Escritura como figura del mal, convence a la mujer. Tiene razón el autor cuando afirma que la serpiente es el más astuto de todos los animales del campo; ésta comienza su “obra maestra” engañando, mintiendo: “¿Cómo es que Dios les ha dicho que no coman de ninguno de los árboles del jardín?” (Gn 3, 1-2). Dios no les prohíbe comer de todos los árboles, sólo del árbol de la ciencia del bien y del mal, y lo hace para librarlos de la muerte, pero la serpiente afirma: “De ninguna manera morirán. Es que Dios sabe muy bien que el día que coman de él se les abrirán los ojos, y serán como dioses, conocedores del bien y del mal” (Gn 3, 4-5). Finalmente, el mal se sale con la suya y hace su entrada triunfal en la vida del hombre, destruyendo el plan que Dios había preparado para él: “Y como la mujer vio que el árbol era bueno para comer, apetecible a la vista y excelente para lograr sabiduría, tomó de su fruto y comió y dio también a su marido, que igualmente comió” (Gn 3, 6-7). Detrás de todo este relato del pecado original se esconde su causa, es decir, su raíz: “serán como dioses, conocedores del bien y del mal” ahí encontramos la clave, eso fue lo que movió al hombre y la mujer a rebelarse contra Dios; ese afán de poder que caracteriza la realidad de nuestro mundo actual nació allá en el paraíso, cuando el hombre soñaba con ser grande, pero alejado de Dios; cuando su ambición no lo dejó ni siquiera pensar, ni mirar más allá de sus narices, sino que sólo le importó ser un dios.

Pero, como dicen nuestros abuelos, “el pecado es cobarde”. Cuando se dieron cuenta que estaban desnudos corrieron a esconderse y a cubrirse con hojas, porque escucharon los pasos de Dios, y ante la pregunta que Él les hace, ninguno de los dos asume su falta, ninguno se atreve a reconocer su desobediencia. La actitud de Dios debe llevarnos a una reflexión seria y sincera, le pregunta al hombre dónde se ha metido; es como la mamá que busca desesperada a sus hijos cuando se le pierden y no tiene idea dónde puedan estar y descansa sólo cuando alguno de ellos le contesta desde el último rincón de la casa: “mami, estoy jugando al escondite y si salgo, me ponen a contar” Dios los busca por todo el jardín y no los encuentra, entonces decide preguntar ¿Dónde estás? El hombre le responde que, al oír sus pasos en el jardín, sintió miedo y se escondió porque estaba desnudo ¡Qué desilusión más grande! “¿Quién te ha hecho ver que estabas desnudo? ¿Acaso comiste del árbol del que te prohibí comer?”

Pongámonos ahora en el lugar de Dios, y si tú eres padre de familia lo vas a entender mucho más fácil, porque tal vez experimentas con frecuencia la desobediencia de tus hijos, o la desilusión cuando recibes su boletín de calificaciones en el colegio, o cuando la profesora te pone quejas suyas casi todos los días. Claro que esto es sólo una comparación, porque seguramente, el dolor de Dios tuvo que haber sido más profundo porque la falta era más grave. Y lo más triste es que esa sigue siendo nuestra situación hoy; todavía estamos en busca de poder, y nuestra ambición se hace cada día más grande, queremos conseguir dinero y fama a como dé lugar, queremos ser grandes, pero sin que Dios se entrometa en nuestros asuntos, es como si nos estorbara, como si nos quitara la libertad. Y todo esto comenzó en el paraíso, ese mismo día en que “la serpiente me sedujo y comí”.          

 

Dialoguemos con Dios

Ø      Leer el relato del pecado original (Gn 3)

Ø      ¿Eres consciente de que todos somos pecadores?

Ø      ¿Evitas las ocasiones de pecado o por el contrario, encuentras en ellas placer?

Ø      ¿Buscas agradar siempre a Dios o actúas pensado sólo en tu comodidad?

Ø      ¿Cómo te sientes cuando un familiar o un amigo te falla? Recuerda que así se siente Dios cada vez que le fallamos.

 

 

 

Carlos Andrés Escarria Morales.

Seminarista.